En los años sesenta, Stanley Milgram, Psicólogo de la Universidad de Yale, realizó un estudio psicológico que intentaba medir la voluntad de un participante a obedecer las órdenes de una autoridad aun cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal.
La idea surgió en el juicio de Adolf Eichmann en 1.960. Fue condenado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi. El era el encargado de la logística. Planeó la recogida, transporte y exterminio de los judios. Eichmann, en el juicio, mostró su sorpresa ante el odio que le mostraban los judíos, diciendo que él sólo había obedecido órdenes. Seis psiquiatras declararon que Eichmann no sufría ningun trastorno, que tenía una vida familiar normal y varios testigos dijeron que era una persona corriente y que no odiaba a los judios.
Milgram estaba muy intrigado viendo que Eichmann era una persona normal, incluso aburrida, que no tenía nada contra los judíos. Por que entonces había participado en el Holocausto? Sería sólo por obediencia? Podía ser que todos los cómplices nazis sólo acatasen órdenes? O es que los alemanes eran diferentes?.
Milgram resumiría el experimento en su artículo “Los peligros de la obediencia” en 1.974 escribiendo:
“Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuanto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos participantes de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos participantes, la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.
A través de los anuncios en un periódico de New Haven (Connecticut) se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al “estudio de la memoria y el aprendizaje” en Yale, por lo que se les pagaba cuátro dólares diarios más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia a la autoridad. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad de todo tipo de educación, desde los que acababan de salir de la escuela primaria a participantes con doctorado.
El experimento requiere tres personas: el experimentador, (el investigador de la universidad), el “maestro”, (el voluntario que leyó el anuncio en el periódico) y el “alumno”, (un cómplice del experimentador que se hace pasar por participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de “maestro”, y tiene que castigar con descargas eléctricas al “alumno” cada vez que falle una pregunta.
Separado por un módulo de cristal del “maestro”, “el alumno” se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata colocándole unos electrodos en su cuerpo. Se comienza dándole al “maestro” una pequeña descarga de 45 voltios con el fín de que compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que sufrirá su “alumno” si falla una pregunta.
El experimentador le da una lista con una serie de pares de palabras: chica-azul, lindo-dia, cuello-ancho….. . Le dice que cuando termine de leerle la lista al “alumno” pase a leerle sólo la primera palabra de cada par y luego le de cuatro opciones a elegir una. Si acierta no pasa nada, si se equivoca tiene que apretar un botón que zumba y le da una descarga eléctrica. Comienza con 15 voltios y aumenta la cantidad de voltios de a 15 por cada respuesta incorrecta hasta los 450 voltios.
El “maestro” cree que está dando descargas al “alumno” cuando en realidad todo es una simulación. El “alumno”, que es un actor en realidad, ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” comienza a golpear el cristal que lo separa del “maestro” y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fín del experimento, y finalmente al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Si el nivel del supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el “alumno” dejará de responder a las preguntas y se producirán estertores previos al coma.
Por lo general, cuando los “maestros” alcanzaban los 75 voltios, se ponian nerviosos ante las quejas de dolor de sus “alumnos” y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los “maestros” se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba pero asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Si el “maestro” expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:
- Continúe, por favor.
- El experimento requiere que usted continúe.
- Es absolutamente esencial que usted continúe.
- Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.
Si después de ésta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.
En el experimento original, el 65% de los participantes (26 de 40) aplicaron la descarga de 450 voltios, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todo el mundo paró en cierto punto y cuestionó el experimento, algunos incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado. Ningun participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios.
Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuales podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 voltios con una obediencia al investigador del 0%. Todos ellos creyeron unánimemente que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo.
El desconcierto fue grande cuando se comprobó que el 65% de los “maestros” aplicó el voltaje límite de 450 a sus “alumnos”, aunque a muchos les colocase el hacerlo en una situación absolutamente incómoda.
Una de las teorías de Milgram es que la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos. Una vez que esta transformación de la percepción personal ha ocurrido en el individuo, todas las características esenciales de la obediencia ocurren. Este es el fundamento del respeto militar a la autoridad: los soldados seguirán, obedecerán y ejecutarán órdenes e instrucciones dictadas por los superiores, con el entendimiento de que la responsabilidad de sus actos recae en el mando de sus superiores jerárquicos.
El Experimento de Milgram
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