Hoy, en este momento, hay algo que me impulsa a hablar de mis abuelos. Es necesario que lo haga para dejar a cada uno en su lugar, para sincerarme conmigo misma y aclararme las ideas que puedo tener confusas.
Todos, en una familia tenemos 4 abuelos, los padres de tu madre y los padres de tu padre. Al padre de mi madre, burgues de provincia, hombre de negocios, alcalde de su ciudad, influyente ciudadano conservador de la época de principios del siglo XX que da su nombre a un gran paseo de la ciudad, nunca lo conocí porque murió muy joven, cuando mi madre tenía 18 años. Tengo fotos de él con el Rey Alfonso XIII y otra con la Reina Victoria Eugenia de su brazo.
Vamos a hablar ahora de mis abuelos paternos. Dos personas entrañables, adorables y de las que tengo un precioso recuerdo. Provenían de pueblos pequeños de la Mancha y habían fijado su residencia en Albacete, donde mi abuelo, empezando con nada, creó un importante negocio de salazones y conservas. Eran los dos gente muy sencilla y no he conocido otra persona más generosa que mi abuelo con nosotros y con todo el mundo que tenía alrededor. Mi abuela, mi abuela Dolores, era una mujer bajita, gordita, siempre de negro con vestidos largos y con una toquilla en los hombros del mismo color. Parecía que había venido a este mundo sólo a sufrir y no paraba de suspirar. Tenia un ojo de cristal, le faltaba un dedo y era sorda del todo. Le hablábamos siempre con la boca cerca del oido y a grito pelado. La verdad es que tenía motivos para estar triste pues también de 16 hijos que parió solo vivían 8. De todas maneras, “con los de Alicante” se encontraba feliz y se ponía contenta ya que su hijo Angel, mi padre, era su preferido sin duda y el que había seguido los extendidos negocios de su padre y, dato importante, el único que le hablaba de tú.
Para nosotros, los tres hermanos, pero en particular para mí, suponía un premio “ ir a Albacete a ver a los abuelos”, cosa que hacíamos como mínimo 4 veces al año. Me acuerdo de unas camas tremendas donde nos hundíamos en unos colchones de borra y lana y donde ”la Josefa” al servicio de mi abuela y por su orden, nos había metido una botella con agua caliente a cada uno. La casa de mi abuela era mágica para mí. Estaba llena de habitaciones grandes con un pasillo largo, muy largo, que daba a la cocina y desde allí se salía a un patio donde se hacía “la matanza” todos los años. Era un rito sobrecogedor, el grito del pobre cerdo al arrastrarlo hacia una mesa con un gancho en su boca, el deguello con la vasija debajo para recoger la sangre, el quemarle los pelos y el abrirlo en canal. Me acuerdo como si lo viera ahora, el vapor y el calor que salía de su interior al abrirlo. Tengo el recuerdo de muchas mujeres, cada una con un casco de cebolla en el pelo para no llorar al pelarlas para hacer las morcillas. Yo me quedaba siempre a ver todo el ritual, cosa que ahora sería incapaz de hacer. ¡Pobre cerdo! . Tengo un recuerdo muy preciso de una de las habitaciones, la más fresca decían, llena de jamones colgando en el techo y de orzas en el suelo, llenas de aceite, con chorizos, morcillas, “tajás” de lomo y no se cuantas cosas más. La nevera de hielo, la fresquera la llamaban, también se encontraba allí y tenía un grifo por el que salía el agua fría. Mi abuela no dejaba entrar a nadie a ese cuarto pero a mi sí, y me sentía una privilegiada.
Cuando mis abuelos se murieron, primero él y mucho más tarde ella, sentí una tristeza muy grande. Con mi abuela Dolores se iba una maravillosa parte de mi infancia.
Y ahora, y por último, me toca hablar de lo que más me duele, de mi abuela María. La verdad es que no conviví mucho con ella pues tenía yo 11 años cuando murió. No conviví con ella, es verdad, pero sí me dejó un recuerdo especial, agrio, duro, triste y de desamor y para colmo, sin yo quererla demasiado, me obligaron a besar su frente cuando murió y tengo un recuerdo de haber posado mis labios en algo muy frío que me resulta desagradable.
Decía mi madre, cuando ya yo casada se lo conté, rebatiendo siempre mis argumentos, que la abuela había sido muy buena y que me quiso mucho pero, aquí, entre nosotros, no negaré que fuera muy buena pero que me quisiera… Cuando eres muy niña, tienes un sentido muy aguzado para sentir si la persona que tienes al lado es tu amiga o no lo es. De todas formas tengo mis razones para pensar así y os las cuento: mi abuela era una “señora” de los pies a la cabeza. Su porte era altivo a lo que ayudaba el ser muy alta y delgada. No era nada guapa pero era muy elegante, vestía y calzaba muy bien y andaba recta y segura de sus pasos. Doña María era un personaje como salido de un cuadro del siglo XVIII, muy ufana de su estirpe. Yo nunca la ví reir, también es verdad que en la guerra civil, “los rojos” sacaron de la carcel a dos de sus hijos de 20 y 26 años que eran falangistas y los fusilaron en el cementerio en represalia por un bombardeo de los nacionales. Eso marca, no lo dudo y quizá no soy tan imparcial como creo al contar mi historia.
Mi abuela María y nosotros viviamos en el mismo edificio, propiedad de mi abuela, nosotros en el primer piso y ella en el cuarto. Mi hermana, se pasaba el dia arriba con ella y una tía soltera hermana de mi madre, e Isabel y Dolores que les servían y eran casi de la familia, pero sólo casi. Yo, sólo subía a verlas cuando mi madre me lo decía y tenía mis razones. Cada vez que me veía entrar por la puerta su frase era : ”ya está aquí la simplona”. No os podeis imaginar el daño que me ha hecho esta frase durante toda mi vida. Creo que me ha marcado. Yo tendría como mucho 6 años y no sabía el significado de “simplona”, no, no lo sabía, pero intuía y no se porqué, que no era algo bueno para mí. ¿Sería la entonación? Sería la mirada? Que sería? yo sólo sé que veía diferencias de como trataban a mi hermana y de como me trataban a mi. Mi hermana se parecía mucho a mi madre en todo y yo a mi padre. A veces he pensado que podía ser por eso.
La palabra “simplona” me ha seguido durante toda mi vida. Ha sido lo que no he querido ser nunca y he tenido que luchar por ello. Nunca he sido guapa ni alta y lo único que me faltaba en la vida era haber sido “simplona”. Nadie puede saber el daño que puedes hacer a una criatura con una sóla palabra.
Ahora que me he desahogado contando mi historia pienso que a quién le puede interesar un post que hable de los abuelos de Lola. Pero yo lo voy a publicar y…¡ a ver que pasa !
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