Dia de navidad a las 20 horas.
Reventada estoy, hecha polvo, cansada de verdad, con ojeras… y aún así me siento bien. Se acaban de ir todos de casa y en realidad ya se han acabado mis navidades.
Ayer, para la cena, aunque fuimos sólo 4, me tiré como 3 horas en la cocina y por poco me pilla el toro. La ensalada de langostinos, el cordero al horno, las patatitas rosadas y lo demás me tuvieron en la cocina sin parar. Hoy el pavo, el jamón cocido con huevo hilado, los langostinos, el salmón, los espárragos y etc. etc… también me han ocupado toda la mañana… En fin, que a mis años, pegarme estos plantones de cuatro o cinco horas sin nadie que me ayude no sé ya los años que lo podré resistir.
Pero así y todo me siento bien como ya os he dicho. En todas estas horas en la cocina, mi mente no ha parado de pensar y he cocinado automáticamente, rutinariamente, mientras iban y venían imágenes a mi cabeza. Pensaba en mi hijo que vive en Brasil, lo echaba de menos a pesar de hablar con él por el Skype y saber que está bien. Era el único que faltaba hoy y para mi era como si me faltara un cuarto de mi vida. También pensaba que el día que yo ya no esté, me gustaría que se reunieran los hermanos este día, aunque fuera el único en el año. Me da verdadera pena que se deshaga una familia cuando falta la piedra angular, que en mi caso soy yo, la madre. Me vinieron a la cabeza también todas las personas a las que he querido y que ya se han muerto y pensaba que si yo no lo hago relativamente pronto, me voy a quedar sin algunas más todavía.
Pues eso y más cosas son las que se han quedado impregnadas en el pavo, el cordero, y todo lo demás. Y no lo pensaba con tristeza sino como, que así es la vida. Luego, han llegado todos y con cerveza, cava y vino y regalos hemos pasado unas horas estupendas riendo y recordando otros tiempos, otras personas y otros lugares.

Yo acostumbro a amasar durante los primeros minutos con mi amasadora pero luego no me privo del placer de amasar la masa con las manos hasta que la veo hecha.


