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Recuerdos de Cuaresma y Semana Santa

           

        Today he was hung upon a piece of wood . Cantada por \”Fairuz\”

   Echo,  por enésima vez  y confieso que no será la última,  la vista atrás,  para contaros  experiencias de Semana Santa en mi adolescencia y mi juventud.  Me refiero a los años  1945 en adelante, donde yo apenas tenía 12 años.

La Semana Santa  seguía a la Cuaresma, que hace referencia a los 40 dias de ayuno que Jesucristo pasó en el desierto antes de su pasión y muerte.  Comenzaba el Miércoles de Ceniza y estábamos obligados a ir a misa para  que después tuviera lugar “la imposición de la ceniza”.  Se quemaban los ramos de olivo y las palmas que habían sobrado del Domingo de Ramos  del año anterior,  y esas cenizas eran las que el cura  nos ponía, a los hombres y niños en la cabeza y  a las mujeres en la frente,  y era muy común vernos durante todo el día con la mancha de ceniza en la frente.  Nos la ponian para recordarnos que  ”polvo eres y en polvo te convertirás” que son las palabras,  no muy optimistas que digamos,  que decía el sacerdote al ponernos la ceniza. Las personas que salían  en las procesiones de las palmas  o iban a la misa del Domingo de Ramos o de Pasión con las palmas o las ramas de olivo, al llegar a casa las ataban en los balcones y allí se quedaban hasta el próximo año.

La Cuaresma  cambiaba toda nuestra vida,  no sólo en el aspecto religioso sino también en nuestra dieta y en nuestras diversiones.  No podíamos comer carne   hasta el Sábado de Gloria (ahora Domingo de Resurrección)  y si la comías era como haber cometido un gran pecado y el remordimiento te recomía.  Yo me libré de ese pecado porque en casa teníamos “Bula”.  La bula era un privilegio que te dejaba comer carne durante  toda la cuaresma menos los viernes.  Este privilegio había que pagarlo y los curas, conociendo el nivel económico de cada feligrés,  cobraban según ello,  desde 0’50 céntimos hata 10 pesetas.

Pasada la Cuaresma llegaba la Semana Santa. Cerraban los cines y los bares y nada más que veías gente en la calle, sobre todo mujeres, con mantillas en la cabeza  camino de las iglesias donde, no recuerdo bien,  se iba de una a otra a hacer  “los monumentos” que yo no he sabido nunca muy bien que eran.

Ahora puedo ver con claridad cuanto  estaba la iglesia católica introducida en la sociedad.  Desde que terminó la guerra, en la parte ganadora hubo una explosión de religiosidad fomentada por el gobierno. El Nacionalcatolicismo fue una de las señas de identidad ideológica del franquismo. Hasta las fiestas nacionales las marcaba la iglesia.

Cuando recuerdo, vagos recuerdos, esos dias de mi infancia y juventud,  no veo sol en el cielo.  Recuerdo mucha obscuridad, olor a cera y a incienso  así como caras tristes y muchos vestidos negros por la calle,   manos con rosarios y mucho silencio. En mi casa no me dejaban poner música, ni gritar, ni reirme fuerte y aun menos cantar. La única cosa buena que sacaba era que me dejaban ir sola ¡yo sóla!  a las procesiones,  con mi pandilla de chicos y chicas de mi edad. Nos subíamos todos a casa del tio Paquito que era alguien de la familia de mi madre  y estaba un poco trastornado. Vivía con dos muchachas muy viejas que se llamaban, no se me ha olvidado, Marcela  y Emilia. Eran como dos brujillas con pelos en la barba pero adoraban a tio Paquito. Como anécdota os cuento que durante la guerra fueron unos milicianos a llevárselo a “darle el paseito”  y las dos mujeres se pusieron delante de ellos diciéndoles que a Don Paquito no se lo llevaban y… no se lo llevaron de lo flamencas que se pusieron. Bueno, pues tio Paquito  vivía en la Rambla,  y tenía unos balcones a la calle donde se veian las procesiones de maravilla y por eso íbamos allí.  Teníamos que pagar el precio de que nos diera al entrar unos besos muy sonoros y con babas y que nos pinchara la cara con su barba sin afeitar,  pero nos compensaba para después divertirnos en los balcones de su casa. La verdad es que no teníamos ninguna devoción pero lo pasábamos muy bien.  Era una fiesta triste, pero para nosotros, una fiesta. Cuando ya me hice un poco mayor y empecé a salir con algún chico, la Semana Santa era terrible porque no teníamos donde ir,  ya que estaba todo cerrado a cal y canto,  y como última opción y si teníamos frio nos teníamos que cobijar en la última fila de cualquier iglesia,  no para rezar, sino para hablar de nuestras cosas en un sitio más calentito.

Y por fín llegaba el Sábado de Gloria y a las doce en punto de mediodía, sonaban todas las campanas de las iglesias y del Ayuntamiento para avisarnos que Jesucristo había resucitado.  En ese momento todos los niños y niñas lanzábamos por los balcones de nuestras casas  miles de aleluyas, que eran papelitos como de papel de seda con cuadrados de imágenes sagradas que vendían en las papelerías y eran unas hojas grandes  que  recortábamos los dias anteriores. Las calles quedaban empapeladas de aleluyas y los barrenderos tenían un trabajo extra el domingo de Pascua que no les gustaba nada.

Para una persona que no haya vivido en esa época, será muy difícil  podérsela imaginar.  Ahora la Semana Santa es menos o nada religiosa para muchos, pero la veo luminosa aunque llueva.  Esa represión, esa tristeza de nuestra iglesia, amenazadora siempre, con una espada de Damocles siempre suspendida encima de tí, no me ha gustado nunca.  Es una pena que una religión se base en inculcar el miedo en las personas con la amenaza siempre del pecado mortal.  Yo, ya me he liberado de sufrir por eso, y ahora soy  mucho  más libre que en mi juventud.

Domingo de Primavera

            Eran las doce menos cuarto de la mañana cuando he abierto los ojos y eso quiere decir que he dormido durante once horas seguidas. Me he levantado de un salto, he desayunado, me he dado una ducha rápida, me he puesto un vestido blanco de verano y unas sandalias y  he salido con Olivia   a comprar el pan y el periódico a un kiosco cercano.

Con un calor de 30º y un maravilloso sol no hay nadie en el mundo que se resista a ser un poco feliz y así me sentía yo. Iba paseando despacio para que Olivia hiciera lo que tenía que hacer y atenta con mi bolsita en la mano para recogerlo.

Vivo en una urbanización a las afueras de mi ciudad y casi en la playa.  Hace diez años toda esta zona era un estercolero,  pero ahora se ha convertido casi en una jóven ciudad donde se han venido a vivir  tanto gente mayor para disfrutar de calidad de vida, como matrimonios jóvenes y la zona se ha llenado de paseos llenos de árboles que dan una buena sombra a los que acostumbran a pasear por ellos.  Hoy se notaba el bullicio de domingo y era muy agradable: padres con sus hijos pequeños, parejitas de jóvenes enamorados sentados en un banco, ciclistas en grupo,  familias en bicicleta,  grupitos de jóvenes que después de la noche del sábado todavía no habían llegado a sus casas y se les notaba, a los chicos por su desaliño pero sobre todo a las chicas por sus maquillajes marchitos,  a viejitos leyendo sentados en un banco o paseando a  sus perros, y más que nada griterío de niños, llorando o riendo y a sus madres regañándoles a grito pelado.

Yo iba despacito y cada vez más despacito, porque hoy me sentía una aguda observadora de todo lo que se movía.  Claro que no podía saber los sentimientos de las personas que observaba pero sí que podía captar un ambiente lúdico y distendido.  Pensaba yo,  si la gente, si las personas,  tenemos ese instinto de conservación, ese instinto de la felicidad,  que hace que olvidemos todo lo malo de la semana, todos los problemas del trabajo, las consecuencias de la crisis, y el fin de semana  nos sirve para reciclarnos.  Pero no lo sé, puesto que la primavera y el calorcito no es lo mismo que el frio y la lluvia y yo lo que estoy viviendo y observando es solamente lo primero.

Me gustaría mucho poder ver a todas esas personas ahora, en esta tarde de domingo. ¡Como cambia la cosa!  Yo recuerdo cuando trabajaba,  que el viernes era un dia siempre precioso, el sábado maravilloso,  pero cuando llegaba la tarde del domingo… era como si fuera ya el preámbulo del lunes y empezaban los bajones. Tengo la esperanza de que todo el mundo no sea igual que yo.

En realidad ¿que os he contado en esta entrada?  Vosotros juzgareis.  Un abrazo.

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Un mundo de viejos

La humanidad envejece de una manera imparable y no sólo en el primer mundo sino en todo el planeta. La esperanza de vida ha aumentado desde 1.950, dos décadas. La población española envejece a pasos agigantados. Con una natalidad baja y una esperanza de vida muy alta, España se situa en el cuarto lugar de los paises más envejecidos del planeta y las Naciones Unidas vaticinan que en 2.050 seremos el segundo pais  después de Japón. Se calcula que seremos  un 33% los mayores de 60 años.

Leo todo esto y me pongo a pensar y quiero que penseis vosotros también: ¿que va a pasar en el futuro? ¿nos hemos equivocado con tanto avance médico y tanta mejora de la calidad de vida? ¿estamos yendo contra la naturaleza? ¿para que sirve vivir veinte años más, justo cuando tu cuerpo empieza a declinar y normalmente baja esa calidad de vida? ¿somos los ancianos un problema y ahora se están dando cuenta? ¿somos una carga? ¿por que antes no existian enfermedades en mayores que sí que existen ahora? ¿no será la longevidad la culpable?.  Dicen que la situación es “una bomba de relojería” ¿que nos quieren decir con esto?.

Son muchas preguntas y me gustaría conocer la respuesta, pero hay otra incógnita que pulula por mi cerebro: la diferencia en años de vida entre nacer por ejemplo en España o nacer en Rusia es de 21 años y si nuestra esperanza de vida es superior a los 80 años, en Afganistán o Zimbawe  no supera los 45.

Ahí os dejo los datos para que pensemos juntos.

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