Entries Tagged as ''

65 años atrás

¡ Cuantos años han pasado!  Si, yo tenia diez años y mi hermana doce, cuando nos mandaron mis padres a un colegio internas , a Madrid.

Era la primera vez que me separaba de mi familia pero para mi, era como una gran aventura que iba a sucederme. Mi hermana nunca se adaptó al colegio y la vi llorar muchas veces y decir que se quería ir con sus padres. Yo, con nuevas amigas desde el principio, me consideraba la niña más afortunada del mundo.

Ya os he comentado más de dos veces, que yo nací en una familia burguesa porque mi destino lo quiso así y entonces, era lógico que nos enviaran a un colegio de monjas, inglés, muy burgués, aunque entonces yo no lo notara y ni siquiera sabía que era eso, elitista y con mucha tonteria. Teníamos campo de “handball”, pista de patinaje, canchas de tenis, columpios, árboles milenarios  y mucho campo verde, y todo esto en el centro de Madrid. El colegio era “Las Esclavas del Sagrado Corazón” y se ubicaba en la calle Martinez Campos número ocho.

Estoy hablando del año mil novecientos cuarenta y cuatro y es un recuerdo que me ha venido de pronto a la cabeza y como no quiero perderlo, lo plasmo aquí.

Todo esto me hace pensar que ya estoy contando “batallitas” y vosotros, los que me leeis, podeis pensar que como ya tengo poco futuro, me agarro al pasado como una lapa. Pues puede que sea verdad. No cabe duda que al envejecer, es el pasado lo que te viene más a menudo a la mente. Es esto malo?  Yo creo que si se disfruta con ello, no se hace mal ni a uno mísmo ni a nadie. La pega está en que los ancianos gozamos de muy mala prensa y tenemos que estar siempre demostrando que estamos muy bien del coco para que nos tomen en cuenta. O no es así?

Bueno, pues mis recuerdos me llevan a las comidas que nos daban, horrorosas por cierto. Tengo un recuerdo de la carne empanada, que si le quitabas el empanado al filete era todo nervios y cosas duras. Las patatas fritas eran boniato frito y el pescado no se podía ni comer. El pan, negro como el carbón, pero que cuando era del dia me gustaba mucho y las lentejas llenas de piedrecitas….. en fin!  para que os voy a decir más de este tema. Ahora sé que estábamos en plena 2ª Guerra Mundial y que España estaba desconectada del mundo. El castigo por no comerte todo, era mandarte a tu camarilla (dormitorio) por un período que iba desde varias horas  a uno  o dos días y os puedo decir que yo, una niña inapetente y consentida, me pasé días y días tirada en la cama sin poder hacer nada, porque ni siquiera  te dejaban leer, por lo menos dos veces por semana y eso que mi hermana, apiadándose de mi, se comió muchas veces la comida que me ponían a mí, cosa que nunca le agradecí bastante pues eso me libró de mogollón de castigos.  Hasta que se me ocurrió una cosa, que en realidad no sé si se me ocurrió o pensé que era cierto. Dije a mis amigas que se me había aparecido la Virgen Maria y que me había dicho que me moriría de niña. ¡Qué revuelo se armó! Se corrió la voz y me convertí en el icono del colegio. Venía la Madre Prefecta (superiora) a verme todas las noches y me asateaba a preguntas que yo ni siquiera entendía.  Para colmo, tuve una pleuresía que se agravó luego con una peritonitis y a punto estuve de palmarla. Mi mejor amiga del cole me decía que Dios me había castigado por haberle metido una bola a las monjas. Por lo menos en el colegio quedé muy bien. No me morí pero las monjas quedaron convencidas que mi sueño con la Virgen había sido una premonición de lo que me había pasado después.

Las notas que nos daban eran por colores y semanales, habia tarjetón blanco, azul, rosa, verde, gris y rojo. Mi hermana llegó a conseguir uno azul y yo la envidiaba por ello pues yo, por mucho que me esforzara, mi conducta hacía que sólo coleccionara grises y rojas y jamás tuve una banda ni una medalla que muchas niñas lucían en sus uniformes con orgullo. Me hubiera gustado ganarme algo, pero era superior a mis fuerzas aguantar a monjas insoportables que nos hacían besarles las manos y que te daban pellizcos de idem en cuanto nos movíamos. Yo, cuando me daban uno, me ponia a gritar como una posesa y claro….. 

Nos impartían “ejercicios espirituales” una vez al año. Don Abundio, el sacerdote del cole, nos asustaba con el infierno y luego no nos podíamos dormir. En el jardín del colegio había ortigas, unas plantas que pican mucho y mis amigas y yo, para purgar nuestros pecados y autocastigarnos por haber sido malas, nos dábamos latigazos con ellas en brazos y piernas que nos dejaban marcados unos habones de aquí te espero, pero es que  ni mis amigas ni yo, por nada del mundo, queríamos ir al infierno de Don Abundio.

Venian a vernos familiares dos veces por semana.  Tia Maruja, hermana de mi madre que vivía en Madrid,  nos traía los jueves una pastilla de mantequilla, que era un lujo y que esperábamos con ansia, y los domingos, caramelos. No salíamos ni veíamos la calle, estaba prohibido, y solamente una tarde al trimestre podiamos irnos con mi tia a ver Madrid y siempre le pedíamos dar una vuelta en el segundo piso de un autobús de línea. Así pasábamos la tarde mejor del trimestre, que me figuro que para  tía Maruja sería un suplicio porque, aparte de todo, mi hermana y yo nos peleábamos como monos. De vez en cuando venían mis padres a vernos pero eso era horrible para mi hermana, pues las despedidas eran lloros y súplicas. Yo, tan pancha.

Que recuerdos tengo de mis años de internado? que me sirvieron para aprender a solventarme los problemas yo solita, que encontré muchas amigas pero también me tuve que defender de otras y que volvi con la idea de que un Dios que castiga tanto no me gustaba.   Pero mi mejor y mi más entrañable recuerdo: oir decir a mi padre : ”estas niñas, lo único que han aprendido en ese colegio ha sido a pelar la naranja”.

Foto hecha por las monjas para la revista del cole.

Foto hecha por las monjas para la revista del cole.