Entries Tagged as ''

¡Oye! No somos niños, somos mayores.

                                                             

 

 

 Me gusta ir a los médicos yo sola y os explico el porqué.

Las veces que he ido con alguno de mis hijos, que me han acompañado, siempre me encuentro al final de la entrevista con que los resultados se los dan a ellos y no a mí. También les explican a ellos las pautas a seguir de mi tratamiento y yo me siento como si no estuviera allí porque el médico ni me mira, y al final exploto diciéndole cabreada como un mono:” por favor doctor, la paciente soy yo y creo que debería dirigirse a mi cuando habla, pues  aunque soy mayor aún me encuentro capacitada para entender sus palabras”. Esto crea un clima especial en la consulta y es incómodo para todos.

Esto es un pequeño ejemplo que te deja ver cómo en una sociedad donde prima la valoración estética, la vejez no tiene un buen cartel, y así como antiguamente a los ancianos se les valoraba por sus conocimientos y su experiencia, ahora, con la llegada a nuestras vidas de las nuevas tecnologías, no necesitan ni ese conocimiento ni desean esa experiencia porque con sólo tocar un botón de su ordenador encuentran lo que van buscando. Y esto lleva consigo que los ancianos sobren, porque ni producen ni sirven para nada.

La visión que tiene la sociedad de la vejez, consiste en una caricatura que distorsiona su perfil físico pero aun más importante es la distorsión a nivel mental.

Personalmente, estoy cansada de tener que demostrar mi valía ante gente que sólo te valora por tu físico y no llega a preguntarse si todavía tienes una mente joven y ganas de que te escuchen como a cualquier persona adulta.

Cuando tienes mi edad, no puedes equivocarte nunca. Cualquier pequeño tropiezo se achaca a que los años pesan. Tienes que estar demostrando y demostrando….

Si, no es ninguna mentira que los años pesan pero no me gusta que se me observe como a un mono de feria, ni que se me juzgue si un dia tropiezo en la calle, si se me olvidan las llaves en casa, si meto una “pirula” al conducir, si no entiendo bien algo que me comentan, si no corro mucho jugando al tenis, si estoy distraída y no escucho…..

Yo no pido ser joven otra vez, porque aparte de imposible y gustándome vivir, no quisiera pasar por muchas de las visicitudes que he pasado. Yo no pido no tener arrugas, que considero como cicatrices de mi vida y me enorgullece llevarlas en la cara y no llevarlas ya en el corazón. Yo no pido ser algo excepcional en la vida.

Yo pido: que no se me obligue a estar marginada, que mi voz se oiga todavía, que no haya paternalismo hacia mi, que se respete mi voz como yo respeto la voz de los demás, que no se me excluya de la sociedad por mis años, que la edad no sea un criterio de discriminación, que lo sea la valía de la persona, que la ancianidad no se dé por decreto.

Yo no sé cuando me haré vieja, no sé si mañana o dentro de muchos años o tal vez nunca, pero si llega el momento de un intenso declinar de las capacidades de mi cuerpo y de mi  espíritu, si mi cuerpo se convierte algún dia en una máquina de disfunciones y dolor o se encuentra perdida en los laberintos de la demencia, eso, como dice Francisco Rodriguez Rioboó en un trabajo sobre la vejez, “eso ya no sería vejez, sería subvejez y mejor aun, ultravejez.”

Pido el mismo respeto que yo tengo hacia los demás y pido que no se nos considere como niños, estemos de cuerpo y mente como estemos. Sin nosotros, no existiríais vosotros y lo que hagais ahora será lo que recibireis mañana.

No somos niños ¡oye! somos personas mayores y aun contamos, aunque nuestros cuerpos no sean como los vuestros y no tengais la cabeza llena de canas.

Tomar decisiones

Este post está especialmente dedicado a una amiga virtual, “Y”, que en este momento de su vida tiene que tomar una importante decisión.   

Pensando

Pensando

  

El poder de decisión es una cualidad que,  junto con otras, nos hace esencialmente humanos.

Un dicho de la tradición oral de la Isla de Margarita, en Venezuela, refleja el conflicto implícito cuando hay que elegir entre dos alternativas:

“No se que hacer

si salir o no salir

si salgo soy vagabundo

y si no salgo soy vil”

Según un estudio de la Universidad de Amsterdam, el hecho de pensar demasiado en un problema, hace que se tomen malas decisiones. Dice un prestigioso Psicólogo de esa Universidad, que nuestro inconsciente maneja mejor las decisiones más complejas y a veces es muy positivo que después de evaluar el problema,  lo dejemos a un lado y que sea nuestro inconsciente el que trabaje y nos traiga la solución para ya nosotros tomar la decisón adecuada.

No debemos tomar decisiones cuando estamos alterados, no podemos permitir que las emociones tomen el control y si no hubiera que tomar una decisión inmediata deberíamos disminuir la marcha o esperar un poco. Esa sería la mejor decisión ya que el problema puede desaparecer o puede producirse un acontecimiento que lo solucione.

Aquí enumero un proceso de cinco etapas en la toma de una decisión importante:

Necesidad de tomar una decisión. Esto comienza cuando una persona se enfrenta a una situación que implica amenaza.            Habría que mirar si la probable amenaza es lo suficientemente importante como para justificar el esfuerzo de tomar una decisión al respecto.

Enumeración de las alternativas.

– Evaluación de las alternativas.

Elección de  la alternativa,  la atención se centra sobre ésta y se olvidan las otras.

La alternativa elegida se lleva a la práctica.

En estas últimas etapas se producen sentimientos de bienestar, seguridad y autoconfianza.

(Este post se basa en diferentes páginas de Internet)

“Llegumet”

Llegumet “Llegumet””Llegumet”

Con esta receta de mi tierra, Alicante, participo en el HEMC del mes de Noviembre.

Es la típica olleta pero solamente con legumbres y verduras. En mi casa, siempre la hicieron con caracoles, pero como a mis hijos no les gustan, ahora lo hago sin ellos, lo que es una pena pues le da un sabor buenísimo al llegu. Es una de mis comidas preferidas y me como unos platazos que no se los salta un torero.

 

Receta:

Ingredientes:

Una taza mediana de alubias

una taza mediana de lentejas

una taza mediana de arroz

un trozo de calabaza

cuatro o cinco pencas o cardos bien limpios de hebras

un nabo

una o dos zanahorias

un manojo de acelgas

una cebolla

un tomate

dos dientes de ajo

cuatro cucharadas de aceite de oliva

una cucharadita de pimentón

una cucharadita de ñora picada (opcional, pero se queda mas obscurito)

cuatro patatas medianas

sal

Se ponen a remojo las alubias la noche anterior.

En una olla echas las alubias y las lentejas y las dejas hervir (cambiándoles el agua del primer hervor), durante media hora.

Le añades todas las verduras cortaditas menos la cebolla,  el tomate , el ajo y las patatas, que los reservas.

Lo dejar hervir todo junto hasta que las alubias estén casi hechas.

Con el aceite haces un sofrito de cebollita y tomate con los ajos cortaditos y le añades el pimenton y la ñora. Cuando esté bien hecho el sofrito, lo añades junto con la sal que necesite a la olla para que siga hirviendo un rato más, sin olvidarte de añadir las patatas enteras. Se tiene que quedar espesito.

A última hora, le agregas el arroz hasta que esté a tu gusto.

Espero que si alguno de vosotros lo prueba que me escriba y que me diga. Yo creo que repetirá. Un beso.

65 años atrás

¡ Cuantos años han pasado!  Si, yo tenia diez años y mi hermana doce, cuando nos mandaron mis padres a un colegio internas , a Madrid.

Era la primera vez que me separaba de mi familia pero para mi, era como una gran aventura que iba a sucederme. Mi hermana nunca se adaptó al colegio y la vi llorar muchas veces y decir que se quería ir con sus padres. Yo, con nuevas amigas desde el principio, me consideraba la niña más afortunada del mundo.

Ya os he comentado más de dos veces, que yo nací en una familia burguesa porque mi destino lo quiso así y entonces, era lógico que nos enviaran a un colegio de monjas, inglés, muy burgués, aunque entonces yo no lo notara y ni siquiera sabía que era eso, elitista y con mucha tonteria. Teníamos campo de “handball”, pista de patinaje, canchas de tenis, columpios, árboles milenarios  y mucho campo verde, y todo esto en el centro de Madrid. El colegio era “Las Esclavas del Sagrado Corazón” y se ubicaba en la calle Martinez Campos número ocho.

Estoy hablando del año mil novecientos cuarenta y cuatro y es un recuerdo que me ha venido de pronto a la cabeza y como no quiero perderlo, lo plasmo aquí.

Todo esto me hace pensar que ya estoy contando “batallitas” y vosotros, los que me leeis, podeis pensar que como ya tengo poco futuro, me agarro al pasado como una lapa. Pues puede que sea verdad. No cabe duda que al envejecer, es el pasado lo que te viene más a menudo a la mente. Es esto malo?  Yo creo que si se disfruta con ello, no se hace mal ni a uno mísmo ni a nadie. La pega está en que los ancianos gozamos de muy mala prensa y tenemos que estar siempre demostrando que estamos muy bien del coco para que nos tomen en cuenta. O no es así?

Bueno, pues mis recuerdos me llevan a las comidas que nos daban, horrorosas por cierto. Tengo un recuerdo de la carne empanada, que si le quitabas el empanado al filete era todo nervios y cosas duras. Las patatas fritas eran boniato frito y el pescado no se podía ni comer. El pan, negro como el carbón, pero que cuando era del dia me gustaba mucho y las lentejas llenas de piedrecitas….. en fin!  para que os voy a decir más de este tema. Ahora sé que estábamos en plena 2ª Guerra Mundial y que España estaba desconectada del mundo. El castigo por no comerte todo, era mandarte a tu camarilla (dormitorio) por un período que iba desde varias horas  a uno  o dos días y os puedo decir que yo, una niña inapetente y consentida, me pasé días y días tirada en la cama sin poder hacer nada, porque ni siquiera  te dejaban leer, por lo menos dos veces por semana y eso que mi hermana, apiadándose de mi, se comió muchas veces la comida que me ponían a mí, cosa que nunca le agradecí bastante pues eso me libró de mogollón de castigos.  Hasta que se me ocurrió una cosa, que en realidad no sé si se me ocurrió o pensé que era cierto. Dije a mis amigas que se me había aparecido la Virgen Maria y que me había dicho que me moriría de niña. ¡Qué revuelo se armó! Se corrió la voz y me convertí en el icono del colegio. Venía la Madre Prefecta (superiora) a verme todas las noches y me asateaba a preguntas que yo ni siquiera entendía.  Para colmo, tuve una pleuresía que se agravó luego con una peritonitis y a punto estuve de palmarla. Mi mejor amiga del cole me decía que Dios me había castigado por haberle metido una bola a las monjas. Por lo menos en el colegio quedé muy bien. No me morí pero las monjas quedaron convencidas que mi sueño con la Virgen había sido una premonición de lo que me había pasado después.

Las notas que nos daban eran por colores y semanales, habia tarjetón blanco, azul, rosa, verde, gris y rojo. Mi hermana llegó a conseguir uno azul y yo la envidiaba por ello pues yo, por mucho que me esforzara, mi conducta hacía que sólo coleccionara grises y rojas y jamás tuve una banda ni una medalla que muchas niñas lucían en sus uniformes con orgullo. Me hubiera gustado ganarme algo, pero era superior a mis fuerzas aguantar a monjas insoportables que nos hacían besarles las manos y que te daban pellizcos de idem en cuanto nos movíamos. Yo, cuando me daban uno, me ponia a gritar como una posesa y claro….. 

Nos impartían “ejercicios espirituales” una vez al año. Don Abundio, el sacerdote del cole, nos asustaba con el infierno y luego no nos podíamos dormir. En el jardín del colegio había ortigas, unas plantas que pican mucho y mis amigas y yo, para purgar nuestros pecados y autocastigarnos por haber sido malas, nos dábamos latigazos con ellas en brazos y piernas que nos dejaban marcados unos habones de aquí te espero, pero es que  ni mis amigas ni yo, por nada del mundo, queríamos ir al infierno de Don Abundio.

Venian a vernos familiares dos veces por semana.  Tia Maruja, hermana de mi madre que vivía en Madrid,  nos traía los jueves una pastilla de mantequilla, que era un lujo y que esperábamos con ansia, y los domingos, caramelos. No salíamos ni veíamos la calle, estaba prohibido, y solamente una tarde al trimestre podiamos irnos con mi tia a ver Madrid y siempre le pedíamos dar una vuelta en el segundo piso de un autobús de línea. Así pasábamos la tarde mejor del trimestre, que me figuro que para  tía Maruja sería un suplicio porque, aparte de todo, mi hermana y yo nos peleábamos como monos. De vez en cuando venían mis padres a vernos pero eso era horrible para mi hermana, pues las despedidas eran lloros y súplicas. Yo, tan pancha.

Que recuerdos tengo de mis años de internado? que me sirvieron para aprender a solventarme los problemas yo solita, que encontré muchas amigas pero también me tuve que defender de otras y que volvi con la idea de que un Dios que castiga tanto no me gustaba.   Pero mi mejor y mi más entrañable recuerdo: oir decir a mi padre : “estas niñas, lo único que han aprendido en ese colegio ha sido a pelar la naranja”.

Foto hecha por las monjas para la revista del cole.

Foto hecha por las monjas para la revista del cole.